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Inés Losada 2018-04-27T17:12:41+00:00

Inés Losada

Ayer tuve una charla con John Berger; Hablamos de pintura.

Me contó que tuvo una cena la semana pasada con Robert y Bogena, sus amigos rusos. También mencionó a alguien más, creo que era Witek, el hermano de Robert y algún otro. Me dijo que se reunieron para celebrar el Año Nuevo Ruso, o algo parecido.

Al terminar la cena, con la mesa llena de platos, vasos y restos, en ese mismo instante, en un arrebato, se puso a dibujar a Bogena. No es la primera vez que lo hace, le interesa particularmente su cabeza, y lo entiendo; es enormemente atrayente y distante a la vez.

No pude por menos de horrorizarme ante la idea de ponerse uno a pintar en una reunión de amigos; Hay algo de intimidad violentada en este hecho, no sé… pintar es abrir de par en par tus puertas para indagar en tu interior.

El dibujo de Bogena se convirtió en una sucesión de dibujos, en palabras suyas, a cual peor. De hecho, la aventura fue un fracaso: las facciones de su cara, pese a estar bien colocadas y en su sitio, decididamente no eran ella.

Pero lo interesante es lo que ocurrió después.

La reunión tocó a su fin y él se quedo sólo, sólo con sus falsas Bogenas, tres o cuatro nada menos. Cogió el menos malo de los dibujos que había hecho y comenzó, enfebrecido, a añadir pintura acrílica, creo que aliviado porque por fin se habían ido, y sobre todo, porque por fin se había ido ella.

Cada vez más interesada en su historia, le pregunté qué había sucedido entonces y me contestó, fascinado, que mientras embadurnaba el retrato de Bogena de espesas pinceladas, su cara empezó lentamente a asomarse, como si saliera de la oscuridad; en ese momento él trabajaba teniendo su parecido en la cabeza y sólo había que sacarlo fuera; muy de madrugada, su cara empezó a sonreír a su propia representación; en ese momento, ya era realmente ella.

He visto el retrato; en mi opinión había que retocar algunos matices, cuando se pinta por la noche los colores son a veces demasiado desesperados, como cuando te quitas los zapatos sin desatar los cordones; pero con desesperación y todo, el retrato era ella, era lo que Bogena había dejado de sí misma al marcharse aquella noche.

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